Las olas de la vida nos llegan a todos. Algunas veces logramos adaptarnos relativamente rápido a los cambios y dificultades. Otras veces nos sentimos sobrepasados, confundidos o tardamos más tiempo en recuperar el equilibrio.
Esto no necesariamente habla de nuestra fortaleza ni de nuestro carácter. Muchas veces refleja los recursos internos y externos con los que contamos en determinado momento de la vida. La resiliencia tiene mucho que ver con eso.
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En nuestra cultura pareciera que existe la percepción de que las personas “fuertes”, como comúnmente se les llama a quienes se recuperan de las olas de la vida, son así de nacimiento. “Nacieron con ese don especial”, he escuchado decir esto a algunas personas. Afortunadamente -para quienes no nacimos con ese “don especial”- y a raíz de varios estudios en neurociencias en los últimos años, hoy sabemos que la Resiliencia es una capacidad humana innata e inscrita en el cerebro humano. Por lo tanto todos la tenemos y cualquiera la puede cultivar en el tiempo.
Resiliencia, más que una moda
Déjame contarte que este término que pareciera se ha puesto hasta de moda en los últimos años, viene de la física, en donde se conceptualiza como: la capacidad que tiene un cuerpo para volver a su estado original después de haberle aplicado alguna fuerza. De hecho, esta definición se utiliza en otros ámbitos. En psicología es un poco diferente y la primera vez que se utiliza fue allá por los años 70’s por Emmy Werner, psicóloga del desarrollo e investigadora en la Universidad de California Davis y que realizó un super interesante estudio longitudinal, o sea, una investigación que va siguiendo y monitoreando a los participantes a lo largo del tiempo. En este caso fue un estudio que duró 40 años siguiendo a niños con condiciones de reproducción o de un entorno familiar de alto riesgo (alguno de los padres -o ambos- presentaba alcoholismo o alguna enfermedad mental, muchos de ellos se encontraban sin empleo).
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Pues bien, Werner identificó que dos tercios de los niños que habían crecido en esas condiciones adversas mostraban comportamientos destructivos al llegar a los últimos años de la adolescencia, como por ejemplo desempleo crónico, abuso de sustancias, inestabilidad familiar, problemas con salud física o mental, conductas delictivas y embarazos no planeados en las mujeres. Sin embargo, un tercio de los jóvenes no mostraron esos comportamientos destructivos, llegando a convertirse en adultos competentes, seguros de sí mismos y cariñosos a pesar de su historia de adversidad. A este último grupo Werner le llamó resiliente. 1 De ahí en adelante diversas investigaciones en psicología humana comenzaron a enfocarse en la resiliencia.
¿Qué es la Resiliencia?
Hoy entendemos la resiliencia menos como una forma de endurecernos frente a la adversidad y más como la capacidad de adaptarnos, recuperarnos y reorganizarnos después de experiencias difíciles. No implica evitar el dolor ni mantenernos fuertes todo el tiempo. Implica conservar o recuperar cierta capacidad de conexión con nosotros mismos, con otras personas y con la realidad, incluso cuando atravesamos momentos complejos.
La Resiliencia implica la capacidad de afrontar la adversidad en el momento mismo que sucede. No quiere decir que las personas resilientes no sientan, como una vez una señora me dijo ¡Para nada! Todos sentimos el miedo, la frustración, el dolor o el enojo que la adversidad puede provocar. ¡Es normal! La que sucede es que la resiliencia nos permite tener una flexibilidad en nuestra respuesta ante ese evento adverso.
La respuesta de amenaza en el cerebro
Para explicártelo más claramente, hace varios años a mí me molestaba y a veces me llegaba a afectar más de la cuenta cuando por una u otra razón, algo que había planeado, ya fuera personal o de trabajo, no salía como yo lo planeaba. Me invadía una sensación de frustración, sentía que no había estado a la altura de las circunstancias a pesar de que había planeado y hecho todo con dedicación y tiempo. En mi cerebro se activaban los circuitos de amenaza y que implican cuatro posibles respuestas automáticas: luchar, huir, paralizarse o desvanecerse. A esta también se le conoce como la respuesta de estrés.
A veces me ganaba la lucha, entonces me molestaba conmigo mismo o quien estuviera involucrado, me sentía muy irritable y entraba en modo “hulk” diciendo cosas no muy agradables. En otras ocasiones mi respuesta tendía más hacia la huida, entonces me sentía decaído, un tanto derrotado y le daba la vuelta al asunto con la esperanza de que solito se resolviera.
Con el tiempo comprendí que el problema no era sentir frustración, enojo o desilusión cuando algo no salía como esperaba. El problema era que mi sistema nervioso tenía pocas alternativas disponibles para responder a esas experiencias. Cuando vivimos mucho tiempo en estados de estrés, nuestro repertorio de respuestas tiende a reducirse, nos volvemos más reactivos, más rígidos o más propensos a desconectarnos. La resiliencia tiene mucho que ver con recuperar flexibilidad. Con desarrollar más opciones para responder a lo que la vida nos presenta.
Resiliencia y flexibilidad
Para explicarte este punto déjame hacer una pausa pues seguro te estarás preguntando: ¿Qué tiene que ver la flexibilidad con todo esto? Pues mucho. Un cerebro resiliente se recupera más fácilmente de los atorones de la vida pues fluye con las olas en lugar de pelearse con ellas.
No puedes detener las olas de la vida, pero sí puedes aprender a surfear
Jon Kabat Zinn
Precisamente la resiliencia te permite esa flexibilidad que te mencionaba arriba para elegir una respuesta diferente a la que comúnmente utilizaría tu cerebro al activarse la respuesta de amenaza. No es que no sientas el miedo, la angustia o la frustración, más bien la resiliencia te permite responder de forma diferente ante esas emociones.
Por eso es que la resiliencia nos permite afrontar las adversidades de una manera más saludable. Nos permite adaptarnos a los retos de la vida y recuperarnos de ellos más fácilmente. Por si fuera poco cuando somos resilientes tenemos mayor facilidad para salir fortalecidos de las adversidades que invariablemente nos llegan a todos.
¿De dónde viene la Resiliencia?
Aunque mucho se cree que resiliencia es igual a valor, huev%z y similares, la realidad es que no viene de la voluntad, ni de echarle ganas. La resiliencia empieza en el cerebro humano a partir de una neurointegración armónica de sus distintas áreas. Sin embargo no surge únicamente de características individuales, pues también se construye en relación con otras personas.
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Durante la infancia comenzamos a desarrollar parte de nuestra capacidad para regular emociones, afrontar dificultades y recuperar equilibrio a través de nuestras relaciones más cercanas.
Cuando crecemos en entornos donde existe seguridad emocional, validación y apoyo consistente, suele resultar más fácil desarrollar estos recursos.
Cuando crecemos en entornos marcados por estrés crónico, imprevisibilidad, invalidación emocional o relaciones difíciles, la adaptación suele organizarse más alrededor de la supervivencia que de la flexibilidad.
Durante la infancia comenzamos a desarrollar parte de nuestra capacidad para regular emociones, afrontar dificultades y recuperar equilibrio a través de nuestras relaciones más cercanas.
La buena noticia es que el cerebro y el sistema nervioso continúan cambiando a lo largo de toda la vida. Nunca es demasiado tarde para desarrollar nuevas formas de relación con nosotros mismos y con los demás.
Cultivar resiliencia no significa endurecerte
Muchas personas llegan a terapia creyendo que necesitan ser más fuertes, más disciplinadas o aprender a controlar mejor sus emociones. Sin embargo, con frecuencia el trabajo consiste en algo diferente: comprender cómo has aprendido a protegerte, reconocer las formas en que tu sistema nervioso se adaptó a experiencias difíciles y desarrollar gradualmente mayor flexibilidad para responder a los desafíos de la vida.
La resiliencia no es la ausencia de dolor. Es la capacidad de seguir encontrando dirección, conexión y sentido incluso cuando atravesamos momentos difíciles.
Si deseas desarrollar esa capacidad y comprender mejor los patrones que hoy influyen en tu bienestar emocional y tus relaciones, será un gusto acompañarte.
1.- Werner, E. E. (1989). Vulnerable but invincible: a longitudinal study of resilient children and youth. New York: McGraw-Hill





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